Con los ojos puestos en Jesús

Cuanto nos cuesta tomar conciencia de la existencia de un Dios todopoderoso en nuestras vidas. Como nos cuesta soltar las riendas de nuestras vidas y entregar todo a su control. En un momento estamos a los pies del altar, pero a los segundos, cuando algún problema llega lo queremos afrontar con nuestras propias fuerzas. Nos angustiamos, nos cansamos y finalmente volvemos al lugar donde nunca tendríamos que haber salido. Como si, por alguna razón, creyéramos que nuestras propias fuerzas pudieran soportarlo todo.


“Luego de que Jesús alimentara a más de cinco mil personas, multiplicando cinco panes y dos peces, les dijo a los discípulos que vayan del otro lado del mar de Galilea, pero él se fue solo a orar. Ya entrada la noche la barca de los discípulos estaba en medio del mar, había mucho viento, por lo cual las olas golpeaban la barca y todos los tripulantes estaban de pie atentos a las inclemencias del clima. Todos remaban juntos para que la embarcación no sucumbiera en aquellas grandes olas. En medio de ese silencio generado por la tensión y la agresividad del mar, todos aún estaban pensando en el milagro que había hecho Jesús. Pedro no podía comprenderlo aún, él mismo había llevado el pan y los peces a toda esa gente como podría haber alcanzado para que todos comieran y además haber sobrado.

Por momentos los ojos de Pedro viajaban, recordando todas las anécdotas con Jesús, no podía creer estar viviendo todo eso. Él era un simple pescador, pero un día había dejado todo por seguir lo que sentía en su corazón, que Jesús era el Mesías. Aquel que Dios había de enviar para liberar a su pueblo, un pueblo oprimido. Pero Dios que es mucho más grande que nuestros pensamientos, tenía un plan en sus manos que estaba por cambiar el mundo.

¡Un fantasma!!! Grita uno de los tripulantes de la embarcación. Todos se quedan atónitos, dejan de remar y miran hacia el lugar donde señalaba quien había visto la imagen de un hombre caminando por el agua. ¿Qué hacemos? Grita otro de los tripulantes. Muchas variantes se manejaban en ese tiempo, pero el miedo los paralizaba. Aquella imagen del hombre se acercaba en un mar embravecido. Las olas chocan con la embarcación, los tripulantes nada podían hacer. En medio de un mar, el viento azotando junto con las olas del mar la embarcación, y un fantasma caminando hacia ellos. La imagen era, por lo menos, muy desconcertante.

De repente una voz, muy familiar, suena en esa tempestad. ¡No teman, soy yo!!! Grita aquella imagen que venía caminando por el agua. En ese momento, Pedro, sin poder creer lo que estaba pasando grita “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas” y aquella voz le contesta “Ven”. En ese momento Pedro sabe que esa voz, que le era familiar, no podría ser otra que la de Jesús. Otra vez haciendo algo que forjaría el carácter y la convicción de los discípulos.

Pedro, con los ojos puestos en Jesús, se baja de la embarcación. El viento y las olas chocaban sobre ella, meciéndola de un lado al otro. Pero en ese momento Pedro no era consciente de la escena que se vivía alrededor. Sus ojos estaban puestos en los de Jesús, era como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor. Todo de repente estaba en una calma y tranquilidad, que antes no existía. Pedro daba cada vez más pasos hacia Jesús. Los demás discípulos, miraban atónitos como Pedro caminaba por el agua, mientras las olas seguían golpeando la embarcación. Pero en un momento algo paso, aquella imagen de las aguas embravecidas detenidas en el tiempo de repente cobra vida. Nuevamente el sonido del viento y de las olas, la fuerza de la tempestad toma el control de la mente de Pedro. Sus ojos ya no están en conexión divina con los de Jesús. Pedro comienza a sucumbir al miedo, este lo paraliza, y de repente se hunde en ese mar que ataca como un animal feroz.”


Pedro cayo en la trampa que nosotros caemos muy seguido. Él tenía los ojos puestos en Jesús, sin importar lo que pasaba a su alrededor. Pero por alguna razón, comenzó a ver los problemas que tenía a su alrededor quitando sus ojos de Él. Comenzando a dar más importancia a sus problemas que a una relación que trasciendo el tiempo y el espacio. Mientras que Pedro creía y obedecía al Señor, la tempestad seguía estando, pero él ya no le daba importancia. Cuando la tempestad cobro más importancia que el Salvador, todo se complicó.

Jesús nos afirma que toda aflicción que podremos sentir en este mundo, Él la ha vencido. Pero por alguna razón nos cuesta tanto dejar de lado nuestra carnalidad para vivir en el espíritu. Estamos hecho de ambas cosas y ambas buscan satisfacer sus deseos. Cuantos más deseos de la carne satisfacemos, el espíritu comienza a tomar menos protagonismo y nos alejamos de Dios. El resultado, una vida sin el propósito de Dios, que en algún momento nos mostrara las cartas más oscuras con las que juega. Ansiedad, miedo, angustia, depresión, tristeza, desaliento, pesimismo y muchos otros sentimientos comienzan a invadir nuestras vidas, y estas son muy distantes a la Paz que confiar en nuestros Señor nos tendría que dar.

En su lugar, si damos más importancia al espíritu, eso significa a hacer o cumplir los designios divinos, la carne empieza a tomar menos protagonismo. Pudiendo así acercarnos más a Dios y comprender el propósito por el cual hemos sido puestos en este tiempo y espacio. Pero hay una salvedad, nuestros cuerpos son de carne. Nosotros podemos apagar el espíritu, pero lo que no podemos apagar es la carne. Pablo en su carta a los Romanos dice:


No hago lo bueno que quiero hacer, sino lo malo que no quiero hacer.
Ahora bien, si hago lo que no quiero hacer, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que está en mí.
Me doy cuenta de que, aun queriendo hacer el bien, solamente encuentro el mal a mi alcance.
En mi interior me gusta la ley de Dios, pero veo en mí algo que se opone a mi capacidad de razonar: es la ley del pecado, que está en mí y que me tiene preso.
¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará del poder de la muerte que está en mi cuerpo?
Solamente Dios, a quien doy gracias por medio de nuestro Señor Jesucristo.
En conclusión: yo entiendo que debo someterme a la ley de Dios, pero en mi debilidad estoy sometido a la ley del pecado.
Romanos 7: 19-25


Hoy es un buen día para poner a los pies del Señor todas nuestras cargas, comprendiendo que solos no podemos llevarlas. Que Él nos ha prometido llevarlas todas y darnos descanso. Aceptando que, aunque queramos estar al mando, no tenemos el control de nuestras vidas. Y que buscar controlarla solo nos llena de ansiedad. Hoy pongamos los ojos en Jesús, no tengamos miedo a cualquier circunstancia que podremos estar viviendo. Creamos y comprendamos que Él está en control de nuestras vidas. Que dependemos de Él. Que debemos sujetarnos a Él y buscar que su voluntad sea hecha en nuestras vidas.

Recordemos todos los días que su voluntad es lo mejor que nos puede pasar, aun cuando, no comprendamos en el momento lo que está pasando. Sepamos que todo tiene una trascendencia eterna, que fuimos creados para vivir eternamente y que esta vida que nos toca vivir es una parte muy pequeña en una eternidad que nos espera junto a Él.

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