Jesús y Nicodemo


Nicodemo, dignatario de los judíos,  va de noche a ver a Jesús porque estaba seguro que él había venido de parte de Dios. Pero Jesús le dice «De cierto te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios».
Respuesta que consterna a Nicodemo, ya que no podía comprender como un hombre podría nacer de nuevo, algo físicamente imposible.
Entonces Jesús le explica «El que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es. Y como Moises levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna».
De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.


La humanidad estaba perdida nuevamente. En el principio de los tiempos, dice la palabra de Dios, que él no encontraba a nadie que este en sus buenas obras. Y en el momento que estaba a punto de eliminar toda su creación, sus ojos se posaron en un hombre, Noe. Entonces por la gracia de Dios la humanidad fue salvada ese día. Aunque todos murieron, salvo aquellos animales y la familia de Noe, su creación volvería a tener una nueva oportunidad de comprender el propósito por el cual la creó.

Otra vez y luego de muchos muchos años del pacto con Noe, la humanidad, se encontraba en un punto sin retorno. No se porque, pero esta vez la historia sería muy distinta a aquella del diluvio universal. Esta vez Dios se apiado de todos nosotros. Todos estábamos lejos de él y de sus propósitos. Pero como dije anteriormente esta vez fue diferente.

No hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame más, como tampoco hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame menos.

El amor de un Dios todopoderoso, misericordioso, paciente y eterno, se posó en la humanidad. Ese amor que todo lo soporta, que es bondadoso, que no tiene envidia, que no es presumido, orgulloso, grosero ni egoísta. Ese amor que no se enoja ni guarda rencor, ese amor que no se alegra de las injusticias sino de la verdad. Ese amor que todo lo sufre, cree, espera y soporta. Ese amor, junto con la verdad, tomo forma de hombre. Y el Hijo del Dios viviente fue enviado a esta humanidad en estado de putrefacción.

No para condenarla, porque ya esta condenada por sus propios hechos, sino para salvarla. Para restablecer. Para reconciliar a la humanidad con Dios. Para que todo aquel que en él crea pueda obtener la vida eterna. Nada es necesario hacer, no se puede ganar el cielo. Es solo por la gracia de Dios, que aún no siendo merecedores de tan gran regalo, él nos lo ha dado.

Nicodemo no podía comprender algo, que para nosotros, para nuestra sociedad y pensamiento basado en la meritocracia es muy dificil de asimilar. Siempre pensamos que tenemos que actuar o ser de una determinada manera generando miles de doctrinas, que al igual que los Fariseos, no podemos cumplir y nos generan un estado de culpa que nos separa de Dios. Obviamente que debemos pelear contra nuestra naturaleza pecaminosa, esto no quiere decir que podemos hacer cualquier cosa, pero no debemos perder el enfoque que Jesús le plantea a Nicodemo.

El que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es. Y como Moises levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna.

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