Nueva Mañana

Hace unos días venia pensando sobre cómo nos cuesta cambiar. Como nuestros hábitos, aun los nocivos, nos atan. Cuantas veces le pedimos a Dios que nos ayude sobre un tema en particular y caemos nuevamente bajo ese flagelo. Cuantas veces hicimos promesas sobre algún tema en particular al estar quebrantado. Voy a dejar de hacer esto, voy a empezar a hacer aquello, para luego de un tiempo vernos nuevamente en ese mismo lugar.

Quizás el problema radica en que los cambios llevan tiempo. Aprender, madurar y saber esperar son las claves para resolver muchos problemas de la vida. Solo saber esperar resolvería casi el cien por ciento de nuestras preocupaciones y nuestra ansiedad. Pero no es fácil, en este mundo globalizado, lleno de información la paciencia es algo que no es fácil de cultivar.

Por alguna razón la paciencia, uno de los frutos del Espíritu, es al que Dios la mayoría de las veces nos lleva. La humanidad constantemente fue llevada a periodos donde la paciencia era la gran experiencia. Noe tardo más de 100 años en construir el arca, sin saber que era lo que estaba pasando y con toda la sociedad castigándolo. Moisés en dos oportunidades tuvo que ser paciente, tanto para liberar a su pueblo, como para llegar a la tierra prometida por Dios. El pueblo de Israel espero muchos años en el exilio para volver a su tierra. Así muchos otros personajes de la Biblia pasaron por periodos donde tuvieron que ser pacientes.

En esos periodos, donde no entendemos que es lo que está pasando, se forja nuestro carácter y lo que hacemos en ese tiempo es lo que va a determinar nuestro papel en la gran historia que Dios tiene para nosotros. El problema es que en ese tiempo nuestra naturaleza nos lleva a que nos cuestionemos y dentro de esos pensamientos que vienen sobre nuestras mentes esta la culpa. Esos pensamientos de que algo mal hicimos entonces Dios no nos quiere más, nos dejó de hablar o perdimos la conexión con Él.

Esa forma de pensar justamente nos aleja más que cualquier cosa que hayamos hecho. Recuerda que Dios nos amó primero, él te creo, sos su hijo. No importa cómo se porten los hijos, nunca dejamos de amarlos. Porque justamente nuestro amor hacia ellos no tiene que ver con lo que hagan, sino por lo que son. De la misma manera, Dios te ama por lo que sos y no por lo que haces. Eso no quiere decir que salgamos a hacer todo lo que nosotros queramos, porque justamente, si nosotros lo amamos a Él todo lo que hagamos lo haremos por Él.

Por la gracia divina tenemos en la Biblia un personaje que es exactamente a cualquiera de nosotros. Él paso por todas las cosas que nosotros pasamos y si el Señor quiere pasaremos. Seguramente sepas de quien estoy hablando, él se llama Simón o como lo bautizo Jesús, Pedro. Recordemos un poco la historia de su vida.

Simón era un pescador, un gran pescador. Una noche, como tantas otras, Simón y su gente habían salido a pescar, pero esa vez nada había pasado, no habían podido pescar ni apenas un solo pez. Volvían a la ciudad, cansados y sin su botín diario, justo cuando una multitud estaba escuchando a un hombre hablar. Ellos sin entender que era lo que pasaba se bajan de las barcas, y este misterioso hombre le pide a Simón si pudiera usar su barca para como una especie de atril para poder desde ahí seguir su plática. Por alguna razón Simón acepto y se quedó junto con él.

Cuando termino de hablar, no cabría dudas que era un gran conocedor de la ley y de los profetas, pero algo en su manera de hablar era distinto a tantos otros maestros, él tenía una forma de expresarse que mostraba mucha autoridad. De repente este hombre le dice a Simón que navegue mar adentro y que eche sus redes. Me imagino a Simón con una sonrisa contándole que habían estado toda la noche y ni un pez había caído en sus redes. Pero por alguna razón, no sé si por el cansancio o para darle el gusto a aquel hombre, tiran las redes esperando el mismo resultado que durante toda la noche. Pero esta vez algo cambio, de repente un movimiento en el agua les muestra que todas sus redes estaban llenas. Tantos peces había en las redes que necesitaron ayuda para poder subirlas a varias barcas que a su vez casi se hundían por el peso de tantos peces.

En ese momento la vida de Simón cambió. Jesús mirándolo a los ojos, de esa manera en que solo Él te puede mirar, le dice “Desde ahora serás un pescador de hombres y tu nombre será Cefas”. Jesús le mostro lo que sería en el futuro, aun cuando él no entendía el significado que tenían esas palabras de Jesús.

Ahora Pedro comienza a caminar con Jesús, al punto de ser parte de muchas de las más grandes historias del nuevo testamento, al punto de ser uno de los discípulos más activos de Jesús. Pero siempre su forma de ser lo traicionaba y muchas veces metió la pata. Apuraba a Jesús en sus sermones, era incrédulo ante las experiencias que Jesús compartía con ellos y hasta le cortó la oreja a un guardia romano antes de que mataran a Jesús. Pero su mayor metida de pata fue la última vez que todos estuvieron con Jesús. En medio de la comida, Jesús les dice que es la hora que todo pase y que al lugar que tenía que ir, ellos no podían seguirlo. A lo que Pedro, con su egocentrismo a la máxima potencia, le dice que él nunca lo dejará, que donde Jesús vaya él lo iba a seguir, que no importaba si ningún otro de los discípulos lo seguían, él siempre estaría a su lado. Una vez más los ojos de Jesús y de Pedro se encontraron. Ambos llenos de amor. Y Jesús le dice “antes que cante el gayo me negaras 3 veces”.

Pedro quedo consternado por lo que Jesús había dicho, es más, me imagino que estaba enojado. Como Pedro, aquel que iba a ser la piedra fundacional de la iglesia, podría siquiera pensar en decir que no conocía a Jesús. Que disparate estaba diciendo, una vez más el carácter de Pedro se pondría a prueba. Tal como Jesús lo dijo Pedro lo niega 3 veces. Canta el gallo. Los ojos de Jesús y de Pedro se vuelven a cruzar. Los de Jesús seguían igual, llenos de amor, pero los de Pedro ya no eran los mismos. La culpa, el miedo, la ansiedad, el remordimiento se hicieron carne en aquel hombre que había dejado todo para seguirlo.

Pedro volvió a ser Simón. Había dejado todo para seguir a Jesús, pero el hecho de haberlo negado y abandonado en esa cruz, le genero un sentimiento que no lo dejo con fuerzas para seguir. El mismo había jurado seguirlo hasta el punto de perder la vida por él. Pero aquí estaba nuevamente en aquel Mar de Galilea tirando sus redes. Ese hombre que forjo su carácter y se hizo fuerte, nuevamente había vuelto a su punto de partida. Cansado, deprimido, sin comprender que era lo que estaba pasando. Sin entender como había podido hacer eso, se resguardaba en lo único que sabía hacer, Pescar.

Noche, tras noche, Simón se metía en el Mar de Galilea a pescar. Esta vez, como muchas otras luego de aquella noche que marcó su vida, no habían pescado nada. Volvían a tierra, quizás Simón ya no quería seguir con su vida, no sé. Pero estaba muy deprimido, consternado, no podía seguir con ese pensamiento que le carcomía la cabeza. Todo el tiempo, en su cabeza, estaba la imagen de Jesús lastimado, casi muriendo y el negándolo. Mientras Simón seguí lamentando todo lo que había pasado, un hombre des de la orilla les pregunta si habían pescado. Simón, sin levantar la mirada, ¡grita “No!!!”, enojado consigo mismo. Pero aquel misterioso hombre les dice que tiren las redes a la derecha de la barca. Simón, casi sin pensarlo, le hace caso a ese hombre. Las aguas se empiezan a mover, Simón no comprendía lo que estaba pasando. Se acordó de aquella mañana con Jesús en la barca y esa pesca milagrosa. Dentro de sí mismo, sabía que eso era casualidad, que él había traicionado a Jesús. Él no podría estar otra vez buscándolo, él no se lo merecía. Simón no merecía que Jesús lo volviera a tener en cuenta, él lo había traicionado y de la peor manera.

Pero Simón escucha una voz dentro de la barca “Es el Señor!!!”, no puede ser se dice, pero levanta la mirada. Casi 100 metros lo separan de aquel que había cambiado su vida. Sin dudarlo se tira al agua y comienza a nadar. Cuando llega a la orilla no puede creer lo que estaba viendo. Jesús estaba ahí en la playa cocinando unos peces, era él, esto no podía estar sucediendo. Simón comienza a titubear, no sabe si hablar, pedir perdón, excusarse, tantas cosas pasaban en ese momento por su mente. Pero la voz de Jesús lo conmueve una vez más. “Simón, ¿Me amas más que estos?” su corazón se estremeció por la pregunta. “Sí Señor, sabes que te quiero” contesto Simón, quizás queriendo tirarse en sus brazos, pero con miedo al castigo por haberlo negado. Nuevamente Jesús le pregunta “Simón, ¿Me amas?”. Esta vez Simón no entendía lo que estaba pasando, no comprendía porque le volvía a hacer la misma pregunta, quizás la primera respuesta no fue la correcta, pero no le salía otra cosa que “Sí Señor, tú sabes que te quiero”. “Simón, ¿Me quieres?” Retruco Jesús. En ese momento Simón se entristeció, sus ojos se llenaron de lágrimas, su corazón se quebraba “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”

Ese momento fue único y quizás hasta más memorable que la primera vez que vio a Jesús. En ese momento Simón comprendió, la culpa lo había llevado a velar sus ojos y su entendimiento, hay algo muy importante para Jesús y es el corazón. Un nuevo comienzo, una nueva oportunidad venía a su vida. Esta vez no podría desaprovecharla. Pero lo que, si supo desde ese momento, era que no importaba si él se equivocaba, Jesús no juzga de la misma manera que nosotros. Pedro entendió, que él mismo, con sus pensamientos y su culpa se alejó de lo que el Señor tenía para él.

Pedro sin duda fue la piedra fundamental de la iglesia, fue exactamente como lo dijo Jesús. Dios ha pensado en cada uno de nosotros, incluso antes de que existamos en este mundo. Todo lo creo para nosotros. Y nosotros nos creó para Él. Nada puede alejarnos de él más que nosotros mismos. Examinémonos hoy, quizás cargamos con una culpa, que no nos deja disfrutar de un Dios de amor, vivo y que espera todos los días para hacerlos nuevos y que podamos cumplir su voluntad. Quebrantemos nuestros corazones, comprendamos que nada podemos hacer para que él nos quiera menos, como así tampoco podemos hacer nada para que él nos quiera más. Lo único que le interesa a Dios, son adoradores de corazón. Al igual que Simón, Jesús hoy te está preguntando ¿Me amas?

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